Barroco emocional

Negrura.

Agua sucia, estancada.

Podredumbre.

Está encerrada mi alma donde no hay nada.

En el sitio del que se escapan los sentimientos y se clavan las palabras.

No sé escribir, ni hablar, ni pensar. No sé dormir y descansar.

No puedo más que sucumbir a un sordo y mudo dolor que ni siquiera duele.

Eso es lo peor.

Soy un témpano de hielo que no se derrite ni queriendo.

Soy la roca más dura del pedregal.

El alcornoque más viejo de la arboleda.

La planta que no da flores.

Tengo en el lugar del corazón una yerma explanada ósea donde no crece ni la tristeza, ni la rabia, ni el asco, ni la poca fe, ni la maldad, ni el tiempo.

Tengo la piel tan fría como si fuese un cadáver en la morgue de mi propio cuerpo.

No sé amar.

Ni al prójimo ni a mí.

Es de cobardes.

Y yo no soy quién para predicar con el ejemplo.

Pero lo hago.

Porque mi alma es negra,

y no siento,

ni padezco.

Porque me da igual lo que me digan.

Porque no tengo sentimientos.

 

 

 

 

En una búsqueda irrefrenable

No puedo pensar claro, ni concentrarme, ni recordar cómo era la sensación de estar enfrascada en algo que me diera una satisfacción personal lo suficientemente importante como para percibir una felicidad.
Una felicidad simple, ni tan siquiera plena; sólo algo que sintiese que cada cosa -por diminuta que sea- tiene su propio sentido, y su propia utilidad.
Que todo pasa por algo, dicen, pero lo que yo quiero es que mi destino deje de jugármela cada vez que doy un cuidadoso paso encima de una tarima de miedos e inseguridades. De manera tan lógica ese paso es en falso que no me queda otra que apechugar una caída de reproches sobre mi cabeza, que empapa cada centímetro cúbico de mi ser -alma y cuerpo- y que es, ni más, ni menos, producto de mis propias amargas lágrimas, las que fluyen como ríos negros por mis mejillas y desembocan en mis pies. Creando así un charco diurético de mi propia micción (no lo malinterpretes, son sólo lágrimas), tal y como si fuera el mar Negro o el Muerto, según lo mires.
Pero que es un concepto tan abstracto el de la felicidad como la forma de obtenerla.
Me dijeron una vez que la felicidad no es un fin, sino un medio en sí misma, pero a ver quien es el valiente que se cree eso; si somos unos cobardes (y yo la primera) y no nos atrevemos a ir más allá en la irrefrenable búsqueda de algo que nos otorgue el placer de saber que estamos haciendo algo bien aunque sea por una sóla vez en la vida.

Querido amigo invisible:

Sabes que estás haciendo algo bien cuando una de las personas que más quieres lo está pasando de pena, y aún así saca algo de tiempo para perderlo contigo; para poder sentirse vivo aunque alguien no lo esté.
Y es mejor cuando tú ya has pasado por lo mismo y sabes cómo quitar esa espinita del corazón.
Que soledad es mi segundo nombre, pero soy la mejor compañía hallada jamás. La que da los mejores consejos que nunca sigue, y aquella que ofrece el cuerpo entero -no sólo un hombro- donde poder llorar.
A quién le vas a contar las penas sino es a quién le dices de ver, por muy limitado que sea el tiempo que posees, y por más que te puedan las ganas de dejarlo todo a un lado para siempre.
Sé que nunca vas a leer esto, pero quiero que sepas -querido amigo invisible- que no quiero que dejes de sacar tiempo para mí, que te adoro y que eres más fuerte de lo que crees.
Te quiero.

>Palabras carentes de sentido<

Cuenta la leyenda que aquellos que asistían a la escuela lo hacían por su ansia de saber y de convertirse en alguien culto. Y bien digo que es leyenda porque en pleno siglo XXI una nota vale más que el mero hecho de aprender.

Y qué cliché es últimamente criticar la educación, pero en medio de bachiller a servidora no le faltan razones de queja.

No sé una mierda de matemáticas. Y no me importa. Porque me da igual la asignatura en sí cuando lo que yo quiero estudiar no se me permite hasta la universidad. Tengo que tragarme cursos enteros de superfluas asignaturas vacías de sentido que no voy a necesitar en mi vida diaria.

Se me obliga a estudiar matemáticas pero no puedo elegir historia, ni literatura. Porque vale más saber manejar un ordenador que saber quién fue el que tuvo la maravillosa idea de la imprenta.

Puede que esto suene a una de las millones de críticas sociales que hago a lo largo del día (me gusta demasiado dar mi opinión), pero realmente me importa porque mi futuro depende de que apruebe una asignatura que ni quiero, ni me gusta, ni necesito; sólo porque a los de arriba les haya gustado la idea de que yo desperdicie horas y horas de mi tiempo dándole a números carentes de sentido, en vez de darle sentido a las palabras.

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Antecedente por el consecuente como filosofía de vida;
porque, admitámoslo, el ser humano es el único animal capaz de tropezar varias veces con la misma piedra;
y ya se que el dicho es “dos veces”,
pero somos tan imbéciles que tropezamos y caemos en modo repetición del aleatorio tantas veces que desgastamos la piedra, el suelo y nuestras rodillas,
y no nos olvidemos de nuestra propia fe.
Porque todos sabemos lo frustrante que es no ver lo que tenemos delante de los ojos porque una tupida cortina salada de lágrimas nos hace de muro ante la realidad.
No mintamos, eso nos ha pasado a ti, a mí y a todos.
Que la vida son dos días y nos pasamos la mitad en el suelo rogando porque las cosas nos salgan bien en vez de levantarnos y comernos el mundo a versos.
Como buenos poetas del amor al odio deberíamos saber ya que si un verso no te cuadra tienes que cambiarle las palabras;
pues apliquemos esa matemática salvavidas a toda muestra de inteligencia que pongamos en marcha, y si no cuadra en la vida habrá que otorgarle el poder de la rima.
Que si fallas te tallas tu propio futuro sobre una montaña de sueños rotos, pero el resultado será estable.
Te darás cuenta de que mi poesía te implica a ti, y no es más que una alegoría de que quiero implicarme en tu vida.
Y que será muy cursi lo que digo, pero tengo más razón que un santo -y soy atea-.
Mi sarcasmo es la mejor arma de doble filo sin la necesidad de ser afilada que hayas visto jamás;
tan sutil como una caricia, o como la seda con la que ahorco tus pecados reiterando que no creo en nada superior que no sea el destino.
Y yo ya he elegido el mío, el camino que me forjo a base de críticas y humor satírico.
Que me río en la cara de los que van de poetas y no saben ni lo que es una cesura.
Buena censura le pondría yo a ellos, pero en su aparato respiratorio.
Y que se ahorquen un poquito en sus palabras sin sentido.
Muchas gracias.

-a mi futura yo-

Ya ha llegado diciembre, que es -con diferencia-, el mes más triste del año.

Llegan las navidades, una época que debería ser de paz, armonía y amor; pero a mí me produce un tremendo asco desde lo más hondo de mi alma.

Hubo un tiempo en el que adoraba las navidades, pero hace mucho que no soy capaz de echar la vista atrás y encontrar un recuerdo bonito.

Desde que perdiera la inocencia quizá-y he aquí el quid de la cuestión- me he percatado que no es más que una burda y extensa campaña comercial y la falsedad de ver a familiares a los que no aguantas por una comida o una cena.

Esto se resume al capitalismo que gobierna sobre nuestras manejables cabezas de borregos.

Espero que cuando logre escapar de esta casa y familia de locos -un insano espejismo de una rota “familia feliz”- sea capaz de volver a ser niña por un mes y ver lo bonito de las navidades.

Espero que cuando encuentre a alguien con quien no tener que arreglarme el día de nochebuena ni hacer una cena espléndida, pueda sentarme a su lado en en sofá a devorar palomitas y helado viendo películas cursis y ñoñas. Alguien con quien en fin de año no comer doce uvas, sino comérmelo en doce besos.

Alguien a quien quiera y con quien de verdad quiera pasar las fiestas sin necesidad de fingir o poner malas caras.

Espero encontrar al amor de mi vida sin necesidad de buscarle.

Ahora, futura yo, cuando lo tengas, disfruta. 

christmas

Cobarde-

No sé muy bien si entre la niebla de mis recuerdos podrás vislumbrar a aquel que tantas lágrimas mías se llevó. De hecho no estoy muy segura de cómo pudo sobrevivir al maremoto de reproches que arrojé contra su cara sin temor ni vergüenza, sintiendo cómo toda la culpa desaparecía tan rápido como había llegado.

La cuestión es que cuando tú (querido lector) estás siendo testigo activo de esta entrada, ha pasado mucho tiempo desde que esa maldita (realmente bendita) niebla se interpuso entre mi pasado y mi presente, y doy infinitas gracias a que ahí esté.

Esa etapa de mi vida se cerró más rápido de lo que se había abierto.

De lo único que me arrepiento es de todas aquellas noches sin dormir que desperdicié mandándote mensajes de los que tú pasabas olímpicamente.

Supongo que te reías al ver cómo una estúpida niñita desperdiciaba su amor por ti que ni siquiera lo merecías.

Sinceramente no sé quién de los dos es más cobarde.

Cierto es que yo escapé, pero tú no hiciste ni el amago de buscarme.

No merecemos nada de lo que en aquella época tuvimos.

Pero, ¿sabes qué?

Ya no me importa.

No me importas tú, ni nada.

No, ya no me importa nada.

Emborrachándose a emociones

Dicen las malas lenguas que todos cometemos errores.

Y dichas lenguas comidas por el odio y el temor de los que no comprenden el por qué de los actos de fe y valentía de los corazones desbocados de aquellos locos a los que no les molesta morder el polvo si con ello consiguen morder tus labios, sienten envidia del valor y el menosprecio hacia tropezar con las piedras del camino una y mil veces.

Dicen que para qué van a arriesgarse ellos si todo va a salirles mal; si el pesimismo le come el espacio a la curiosidad, y si el miedo no les deja cargo alguno de consciencia.

Y aquí entras en juego tú, lector, amigo, compañero de fatigas; que tienes dos opciones: hundirte o flotar.

Porque puedes caminar sobre seguro y vivir una maravillosa existencia de constante monotonía, o hacer lo que los cobardes no consideran políticamente correcto y vivir tan libre como los pájaros, y volar, y estrellarte.

Y cometer errores, y decir que bebes un chupito de aquel tequila barato por cada ‘nunca jamás’ que prometiste cumplir, pero cuyo valor quedó tan en el aire que se lo llevó el viento, y acabar borracho de todas esas emociones que quisiste evitar, pero no pudiste.

Acabar borracho de vivir.

Porque vivir dentro de la zona segura es tan aburrido como los libros de lectura obligatoria de los institutos (aquellos que nadie leía si podía evitarlo).

Así es que mi recomendación es que tomes el tequila, rápido y sin pensar, y te emborraches de emociones.

I’m coming home

Soy consciente de que me fui
sin dejar una nota,
ni dije siquiera adiós.

Me fui por lo que consideré
que era necesario
dejar espacio a las cosas pasar.

Pero he vuelto,
como vuelven las hojas
en primavera;
como vuelven los niños
tras el verano a las escuelas.

Cómo me gustaría que tú
también volvieras.

***

Lo dicho, que lamento mi larga ausencia sin escribir, ni leer ni nada; pasé una mala racha tras lo cual quedé desganada totalmente para hacer cualquier uso creativo de mi cerebro y creo que ya que me he recuperado de ello era hora de volver, y quién sabe, si esta vez para quedarme.

Feliz y lluvioso martes trece a todos.

Detalles ✨

No por más que brille el sol quiere significar que un día sea bonito o no.

Días de lluvia que parece que las nubes van a descargar aquello que llevaban aguantando meses pueden ser maravillosos en función de la persona con la que estés.

La mayoría de las veces preferimos un paisaje de playa artificial a una tarde de otoño con la manta hasta la cabeza.

¿Hay algo malo en aprovechar los pequeños detalles de la vida?

Soy de ese tipo de chicas que se levantan por las mañanas con un nido de hurracas por pelo, y bostezando con la boca abierta de par en par.

Soy de esas que hasta que no se toman un café no son personas, y de las que están malhumoradas hasta las tres de la tarde.

Pero, ¿y qué?

¿He querido ser yo así?

¿Puedo cambiar a estas alturas de la vida cuando para mí esa clase de vida es una rutina?

Quisiera pensar que sí, pero realmente es así como soy, y a quien le caigo bien, es por lo que soy,y quien me quiere es por cómo soy.

No necesito unos tacones de diez centímetros con los que parecer Bambi recién nacido, ni un kilo de maquillaje para que alguien me diga que soy lo más bonito que ha visto en su vida.

Sé que no lo soy, pero, joder, ese tipo de detalles sí que enamoran.

Ni playa ni hostias, una tarde de otoño junto a ti y punto.

Y si acabamos hechos el amor el uno por el otro no me arrepentiré de nada, como no me arrepiento de tu risa, ni de tu pelo siempre despeinado, ni de ese lunar que tienes en el cuello.

Como no me arrepentiré de ti, de mí, de nosotros.